| CONSTITUCIÓN EUROPEA - DIONISIO HIDALGO |
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La Constitución Europea. DIONISIO HIDALGO
No entiendo por qué se le llama Constitución Europea a algo que no es más que un Tratado Internacional. Es como llamar parchís al juego de las canicas. Aunque ahora ya he pasado los 30 años, recuerdo cuando tenía menos de 5, que la gente se movilizaba en las calles de España para pedir un cambio importante y decisivo que acabara con los últimos coletazos del régimen franquista. Entonces se vivió todo el proceso de dotarnos de una Constitución Española de un modo especial, tan especial como que se trataba de los pilares de nuestra futura sociedad, que establecía las reglas del juego de la convivencia. En el resto del mundo nos “observaban” con detalle, y venían personas expertas en constitucionalismo para “ver” si el proceso español de daba con garantías, es decir, que nadie hiciese trampas durante el proceso, pero, sobre todo, cómo se fabricaba el proceso: cómo se hace una Constitución. La cuestión está en que una Constitución, se basa en la idea de que para que tenga éxito y funcione, debe atender a las necesidades de los ciudadanos, pero del máximo número de ciudadanos, por lo que la clave fundamental es que una Constitución provenga del esfuerzo de un consenso entre todas las corrientes políticas de un país, dando así cabida a la realidad de hecho del mismo. Nadie puede quedarse fuera. Permítanme una comparación instrumental para facilitarme explicar esta cuestión. Cuando nos sentamos frente al tablero de un parchís para jugar, debemos tener en cuenta dos ámbitos del juego, uno se refiere al juego en sí mismo, a su desarrollo, a cómo vamos jugando siguiendo una serie de normas que todos conocemos; en este ámbito los jugadores han decidido libremente jugar y someterse a esas reglas, que no pueden infringirse. Si se juega limpio, uno ganará y los otros perderán, los que pierdan asumirán su derrota con dignidad, y los que ganen disfrutarán su premio con respeto. Si comparamos el juego del parchís con un Estado, los jugadores serían los ciudadanos, que, por su número, no pueden sentarse todos juntos frente a un tablero, por lo que los jugadores son sus representantes, los políticos (como representantes de los ciudadanos), y ganar el juego, sería ganar las elecciones, el premio sería Gobernar y/o legislar durante un tiempo según el criterio político del ganador. Pero claro, llegado este momento, nos dirigimos al otro ámbito del juego, y cabe plantearse un interesante enigma, ¿quién inventó el parchís?. En realidad, no me interesa ahora realmente quien fue su creador, pero sí lo planteo de otra forma, ¿quién puso las reglas del juego del parchís? Pues en el caso del juego de tablero, los jugadores juegan con una serie de normas impuestas por su creador, las aceptan y ya está. Siguiendo con la comparación anterior, ¿quién hizo las reglas del juego democrático y todas las normas obligatorias dirigidas a políticos y ciudadanos para jugar limpio al juego de la democracia? Pues a diferencia del parchís, en un Estado democrático, las reglas no vienen impuestas por alguien ajeno a los jugadores, las reglas las crean los propios jugadores, pero antes de empezar a jugar, y estando conformes TODOS, pues si no, más de uno se retiraría y no jugaría. Es como si las reglas del parchís no existieran, y tuviésemos que inventárnoslas todos los que queremos jugar. Pero claro, si somos cuatro futuros jugadores, con ilusión por jugar, tendremos que ponernos antes de acuerdo en esas normas, para que en el momento de jugar no haya mal entendidos y el juego se paralice o no llegue a su fin, frustrando el placer de una partida completa. Para conseguirlo llegaremos a un CONSENSO tras un proceso de negociaciones. Incluso, para que todo quede claro, y se garantice que nadie se excluye, un poco antes de empezar a jugar, cuando tengamos las normas acordadas y leídas, alguien preguntará en voz alta, ¿estamos conformes todos?. Si todos estamos de acuerdo, comenzamos a jugar. Pues bien, todo este proceso es lo que se conoce como proceso constituyente, desde el inicio de la negociación y consenso, hasta la última pregunta, a la que llamamos referéndum. ¿Que pasa si algunos jugadores no están de acuerdo con las reglas establecidas?, pues que la Constitución no funcionará, es decir, no podremos jugar limpiamente al parchís, los disconformes no querrán jugar, y el parchís jamás tendría éxito, porque no es creíble, no es un juego popular, de todos, con el que todos disfrutamos. Eso es lo que ha pasado con las diversas Constituciones aprobadas a lo largo de la historia de España, no funcionaron, porque no se hizo entre todos, se hacía por quien mandaba en cada momento sin contar con el “otro bando”, sin ponerse de acuerdo las dos Españas. En el ámbito Europeo, se quiere hacer una Constitución, es decir, crear las reglas del juego político de todos los países miembros, aquellas que regirán las relaciones entre la sociedad, relaciones humanas, familiares, económicas, empresariales, sociales, políticas,… Entiendo que la Constitución Europea, debe seguir un proceso de aprobación más complejo que el que se pueda pretender ahora. Una Constitución, en primer lugar, requiere un Parlamento Democrático Constituyente, cuyos representantes, elegidos directamente por l@s ciudadan@s elaboren un proyecto de Constitución CONSENSUADA por un amplio abanico del espectro Parlamentario Europeo, y que posteriormente se someta a Referéndum (entre otras cosas). En mi opinión eso es una Constitución. En países en vías de desarrollo o subdesarrollados, cuando el Estado se dota de una Constitución, la ONU envía Observadores, para valorar si el proceso constituyente posee ciertas garantías y si se dan los pasos necesarios uno a uno, según los criterios propios de un proceso de esta índole. ¿Va a darse un proceso constituyente de verdad en Europa? Esto no es una Constitución, lamento mucho el acierto de aquella premonición tan cierta de aquella tan reída frase de Antonio Ozores en la que se ponía a chalatanear sin que se le entendiera nada, y al final decía “… y ahora, por fin, ya somos europeos”. Pues eso sigue pasando, nos siguen confundiendo con palabrerías, y a, la vez, nos venden la Europa del progreso y maravillosa, pero esta no es nuestra Europa, la de los ciudadanos, es la Europa de los mercaderes. Se ha hablado mucho de eliminación de fronteras, ¿para que pase con facilidad la mano de obra y el capital? El tiempo ha dado la razón, pero donde está la Europa de la asistencia sanitaria, de la educación, de los derechos, porque sólo faltaba que me dijeran que ahora sin fronteras me puedo ir al hospital de París porque me atienden mejor que en Osuna.
Ante ello, siento vergüenza cuando veo esa frase, tan vacía de contenido, tan parecida a un anuncio de la Coca-Cola de “Yo amo Europa”, ¿que tú amas Europa?, no hombre no, yo amo a la Europa de los ciudadanos, no a la que me quieres vender, ante ello sólo digo que cuando alguien juega al parchís es por que le gusta y acepta las normas, pero si no, no se puede jugar a gusto. En ese caso, sólo me quedan dos opciones: o no jugar, o cambiar las reglas. Otra Europa es posible.
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